Enfermedades psicosomáticas: una realidad incontestable

La influencia que nuestra mente puede llegar a ejercer sobre nuestro cuerpo es muy poderosa…Desde hace tiempo hay disciplinas que investigan el efecto de los pensamientos (positivos o negativos) en nuestro bienestar (ej. Psiconeuroinmunoendocrinología-PNIE = efecto de la mente sobre el sistema nervioso, defensivo y de hormonas o sustancias mensajeras del cuerpo).

Un claro caso de influencia de la mente sobre el cuerpo se da en los ensayos clínicos, o estudios destinados a probar la eficacia de una sustancia en determinadas enfermedades o problemas de la salud. Lo ideal en este tipo de estudios es que, además de probar la droga o producto en cuestión, haya un grupo de personas que ‘piensen’ que están recibiendo dicha droga o fármaco, pero que en realidad están recibiendo un comprimido con el mismo aspecto que el original, pero que en realidad no lleva nada (bueno, puede ser azúcar o cualquier sustancia inerte…sin actividad). Este tipo de productos se llaman placebo. El mero hecho de pensar que están tomando un producto que bien pudiera mejorar su condición, genera una sugestión tal, que puede hacer que mejoren de manera notoria, a pesar de haber estado tomando ‘aire’. Esto es los que se conoce como ‘efecto placebo’.

Pero en estos estudios, también puede ocurrir lo contrario, esto es, que aun tomando una sustancia placebo, la persona se encuentre fatal y muestre unos síntomas incluso severos tras la toma de ese nuevo producto que en el fondo era ‘aire’. A esta reacción adversa ante la toma de un producto inocuo se le llama efecto nocebo.

En ambos casos, esa respuesta favorable o desfavorable ante una sustancia absolutamente inerte, viene determinada por nuestra mente. Sin que a veces podamos controlarlo, nuestros pensamientos son capaces de activar en nuestro organismo nervios, hormonas, y células defensivas, que pueden actuar a favor de nuestra salud o en contra. Por ello, más allá de una buena salud física es importante no menospreciar la importancia de tener una buena salud mental.

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Los omega-3 sí ofrecen beneficios para mejorar la salud cardiovascular

En el mes de Julio 2018, algún medio de comunicación (ver link: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-07-18/suplementos-omega-3-ningun-beneficio-corazon_1594074/) se hizo eco de un estudio reciente que concluía que los omega-3 no aportan beneficios a nivel cardiovascular. A continuación, me gustaría aportar argumentos que ponen en duda la rotundidad de dicha afirmación.

Discrepo con dicha afirmación, por cuanto los omega-3, bien entendidos y utilizados, pueden aportar muchos beneficios a nuestra salud, algo que voy a intentar aclarar en las siguientes líneas.

Tras tantos años de hablar de los omega-3, la mayoría de la gente sigue sin entenderlos ni saber usarlos. Omega-3 es una denominación que hace alusión a una peculiaridad química de ciertos ácidos grasos (tener un doble enlace en el tercer carbono de la molécula), vendría a ser como un ‘apellido’ que se le pone a cierto tipo de moléculas grasas pero….¿significa eso que todas las personas con el mismo apellido son de la misma familia?…pues no; de la misma manera, una grasa omega-3 de tierra no se parece en nada a una grasa omega-3 de mar. Esto me permite aludir a ese reciente estudio publicado que dice que los omega-3 no aportan beneficios a nivel cardiovascular. En dicho estudio, mezclaron estudios que usaban omega-3 de tierra con omega-3 de mar, ósea, mezclaron plátanos con naranjas y una vez más, no tienen nada que ver el comportamiento de los omega-3 de tierra con los de mar.

Existen evidencias sólidas de que los omega-3 de mar, sí que pueden ofrecer beneficios a nivel cardiovascular y si no, no hay más que remitirse a un fármaco aprobado hace años por la FDA americana y la EMEA europea que es un concentrado de aceite de pescado rico en DHA y EPA (Omacor). Así mismo, la EFSA (máxima autoridad europea en materia de seguridad alimentaria), a través de sus comités científicos, ha dado por buenas afirmaciones sobre las bondades de los omega-3 marinos como que: el DHA contribuye al desarrollo visual infantil y al desarrollo normal cerebral, que el DHA y EPA contribuyen a mantener unos niveles normales de triglicéridos o al mantenimiento de una función cardiaca normal etc…

Esto me brinda la oportunidad de hacer unas aclaraciones de conceptos que es preciso entender si uno quiere sacar el máximo provecho a los omega-3 marinos. En teoría, tanto si trabajamos con un suplemento de omega-3 de algas, de krill o de pescado pequeño o grande, molecularmente hablando, todos ellos tienen los mismos omega-3, esto es, DHA y EPA, siendo la única diferencia su ‘cantidad’. Cuanto más pequeño es el organismo, menos cantidad de omega-3 puede almacenar.  Si todos tienen las mismas moléculas protagonistas, ¿cual es la clave para que funcionen??…la respuesta a esta pregunta, es la clave para entender cómo utilizar bien estas importantes grasas…

Fundamentalmente es un tema de ‘concentración‘. Del contenido total de aceite marino de una perla comercial de omega-3, en muchos casos el 70% no es omega-3, sino ‘otras grasas’ marinas que nada aportan a los humanos. Por tanto, en realidad, esa perla de aceite de pescado, krill etc. puede estar aportando una cantidad de omega-3 (entendido como DHA y/o EPA) de 80 mg a 300 mg. Este tipo de dosis se consideran dentro de un rango ‘nutricional’, esto es, destinadas a suplir un nutriente que quizás es deficitario en nuestra dieta por no consumir pescado habitualmente. Sin embargo, una ‘dosis nutricional’ nunca va a conseguir aportar mejoras cardiovasculares, cerebrales o de cualquier otro tipo. Para conseguir ese tipo de efecto, es preciso trabajar con ‘dosis supranutricionales’, esto es, por encima de 1.000 mg de EPA y/o DHA/día. Los efectos de los omega-3 marinos son dosis dependientes y, si no se alcanza la dosis, no se alcanza el objetivo. Dentro de un abanico de dosis comprendido entre 1.000 mg y 4.000 mg de omega-3 marino, es posible alcanzar efectos muy satisfactorios. Muchos de los estudios hechos en el pasado con omega-3 fallaron precisamente por trabajar con dosis insuficientes y en los últimos años, que es cuando la comunidad científica ha empezado a trabajar con dosis superiores, es cuando están comenzando a verse efectos muchos más claros e interesantes. Aun así, todavía queda mucho por hacer ya que sería preciso ‘repetir’ estudios pasados con dosis más elevadas para poder ver, en muchos casos, resultados bien distintos. Así mismo, cabe apuntar que el DHA y EPA tienen atribuciones bien diferenciadas y por tanto, habrá ocasiones en que interese dar uno, otro o los dos y siempre, a las dosis adecuadas.

En definitiva, que el tema de los omega-3 no es un asunto baladí, y su buen uso requiere que sean tratados con rigor, algo que desafortunadamente, no siempre es así.

Remedios para combatir el cansancio mental

 

El ‘cansancio mental’ es un estado que a menudo se asocia a una serie de sensaciones como son fatiga, falta de energía, irritabilidad, confusión, baja motivación etc. que pueden resultar en una ‘bruma mental’ que en la práctica se traduce en una dificultad para concentrarse, memorizar o procesar la información.  Las causas de este tipo de situaciones pueden ser múltiples, siendo la alimentación y estado del sistema digestivo dos factores que hay que tener muy presentes. Algunas situaciones que pueden asociarse con problemas como los descritos anteriormente son:

+ los problemas digestivos asociados a intolerancias, alergias o sensibilidades alimentarias (ej. gluten, lectinas, proteínas de la leche, lactosa etc.).

+ deshidratación o bajadas de azúcar (hipoglucemias),

+ dietas ricas en azúcares se asocian con una disminución de la memoria a medio y largo plazo, así como a una habilidad disminuida para resolver problemas.

+ dietas ricas en grasas también se asocian con una peor función mental.

Por tanto, un cuidado de los hábitos nutricionales es esencial para disfrutar de un buen estado mental. Es importante limitar el consumo de alimentos ricos en azúcares (ej. repostería, golosinas, zumos de frutas, refrescos azucarados) así como con excesiva grasa (ej. embutidos, salsas, algunos alimentos procesados). A cambio, hay que promover la ingesta de alimentos saludables para el cerebro como los arándanos, aguacates, verduras de hoja verde, pescado azul o frutos secos.

Unido a lo anterior, siempre es posible aportar un empuje adicional a través de la toma de suplementos con ingredientes concentrados que apoyen y nutran a nuestro cerebro. A este nivel nos encontramos con el ginkgo biloba y la centella asiatica, ambas plantas cuyos extractos cuentan con reconocidas bondades a la hora de mejorar el riego sanguíneo a nivel cerebral (y por tanto, una mejor oxigenación y aporte de nutrientes).  Así mismo, plantas como el ginseng o la ashwagandha son reconocidos tónicos cerebrales que aportan más vitalidad a nuestra función mental (sin poner nervioso).  Por otro lado, las vitaminas del grupo B son sin duda las “vitaminas del cerebro” por excelencia, aunque también son importantes las vitaminas D, E o C. A nivel de minerales, destacan el fósforo, magnesio, hierro, zinc o cobre.

Y por supuesto, no olvidar el importantísimo papel de los omega-3 marinos (DHA y EPA), con especial énfasis en el DHA (ácido docosahexaenoico), que es un elemento ‘estructural’ del cerebro cuya toma más o menos regular, es sin duda una apuesta segura a medio y largo plazo.

Finalmente, es igualmente importante tener presente la relevancia de adoptar medidas para garantizar un buen estado emocional (ej. controlar el estrés) y de garantizar una cierta actividad diaria (ej. nadar, andar etc.).

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Cómo combatir el envejecimiento de la piel

El envejecimiento de la piel es la suma del cronoenvejecimiento, o envejecimiento derivado del paso de los años, y del fotoenvejecimiento, que es el causado por las radiaciones solares, y que dependerá del grado de exposición al sol y de la pigmentación de la piel que tenga cada persona.

Si bien el cronoenvejecimiento es “inevitable”, el grado de fotoenvejecimiento de la piel dependerá de nuestros hábitos de vida y cuidados de la piel, por lo que podremos actuar sobre él para reducir su efecto.

La radiación solar es sin duda uno de los principales causantes de los radicales libres, responsables del envejecimiento cutáneo y aparición de enfermedades de la piel, como puede ser en grado último, el cáncer de piel. Si bien las radiaciones UVB son las causantes del enrojecimiento y quemaduras de la piel, sus daños se circunscriben a los meses de verano y horas centrales del día, en cambio las radiaciones UVA, son las responsables de las manchas solares y en gran medida, del cáncer de piel, y tienen la misma intensidad durante todo el año e iguales efectos nocivos sobre la piel.

Por todo ello, para evitar el envejecimiento de la piel, es fundamental adoptar medidas destinadas a mitigar, en la medida de lo posible, los daños derivados de factores externos como el sol, que nos permitan conseguir una piel renovada. En este sentido, algunas sugerencias serían:

+ proteger la piel ‘desde fuera’: a través del uso de cremas con fotoprotección solar capaces de aportar una protección adecuada tanto frente la UVB como la UVA.

+ proteger la piel ‘desde dentro’: a través de la toma de complementos alimenticios con atribuciones a dicho nivel. Actualmente, es posible aportar nutrientes a la piel por vía oral, capaces de protegernos frente al ataque de la radiación ultravioleta (ej. fotoprotector oral como un extracto de pomelo y romero o el propio hidroxitirosol de la aceituna), así como del deterioro propio del paso de los años que pueden ayudar a aportar firmeza y elasticidad a la piel (ej. silíceo orgánico, vitamina C, cromo, levadura de cerveza).

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